La Bruja sobre el Tejado de Zinc
Micro Relato. Por Olivier Rodriguez J.
¿Que si los brujos y las brujas existen? Dios mío, cómo dudarlo. Están ahí fuera, camuflados en la rutina, charlando con el vecindario sobre el precio del pan, vistiendo la piel inofensiva de ancianos bonachones. No digo que todos en este pueblo pertenezcan a su estirpe. Eso no, afortunadamente para los buenos cristianos de este lugar; algunos ilusos sólo juguetean con las artes oscuras, por aburrimiento. Pero en una localidad minúscula como esta, de apenas dos mil almas, quienes albergan el verdadero poder de la oscuridad pertenecen a un linaje maldito. Seres transfigurados que adoptan la forma humana solo para ocultar los cometidos más escabrosos, guiados por el hambre del mismísimo demonio.
Yo he aprendido a identificarlos. Dar con ellos es fácil; lo verdaderamente peligroso es pillarlos in fraganti. ¿Qué diferencia a un ser humano normal de una de estas bestias denominadas "brujos", cuyo mal no distingue de sexos? El asunto es simple: el auténtico engendro sale a la caza de almas en la madrugada. Vuela convertido en una especie de gallina gigante, un ser de plumaje rancio y vuelo pesado que aterriza en los techos para vigilar el sueño de los incautos. Buscan pureza. Buscan la vida de los niños pequeños, que siempre son los más indefensos.
Por eso, desde que el crujido metálico me despertó hace una semana, no he vuelto a dormir. El pueblo entero parece contener el aliento por las noches, consciente de que cualquiera de sus vecinos podría estar mudando la piel en la oscuridad. Hoy me vestí de negro. Me rodeé de sal y limones cortados en cruz—la protección ancestral que esos engendros detestan—y me senté a vigilar en la penumbra. La casa se sentía inusualmente fría, impregnada de una quietud densa, casi sólida. Me quedé allí, inmóvil, pegado a la ventana que da directo al cuarto de mi pequeña Alba.
Y entonces, ocurrió. El zinc del tejado bramó bajo un peso muerto. Clanc. Un lamento metálico, seco y deliberado. Uno de ellos acababa de aterrizar. Puedo verlo perfectamente a la luz de la luna: un corpachón abultado, deforme, y una cabeza impresionante erizada de pelos gruesos como cerdas de puercoespín. Es la tercera vez que acecha, pero esta noche el aire se siente distinto; el ambiente apesta a ozono y a tierra húmeda de cementerio. Viene a matar. El ser empieza a reptar. El zinc gime bajo sus garras mientras se aferra a las vigas. Baja con una agilidad antinatural, escurriéndose como brea negra a través de la ventana abierta de mi hija y...
...allí estaba yo, paralizado. El plan estaba trazado, la sal dibujaba un perímetro protector alrededor de mi propia silla, pero el miedo era una zarpa fría apretándome la garganta. El brujo—esa mole de plumas y pus—se deslizó hacia la cuna con un susurro que no era humano, un shhh que parecía el roce de lija contra hueso. Alba no se movió. Mi pequeña, la que yo había recogido de la orilla del río un invierno negro, solo dormía. Vi la mano de la bicha, una garra larga y cetrina, extenderse hacia la cara de la niña. El instinto de padre me gritó que corriera, que usara mis limones y mi fe, pero me mordí la lengua hasta sangrar. El monstruo se inclinó, su aliento fétido a azufre e infecto metal inundando la habitación. Estaba tan cerca de su presa que pude ver cómo se le dilataban las pupilas rojas, saboreando el alma inocente que creía haber encontrado. Solo un segundo más. Solo un segundo...
¡Y ataca!
Mi pequeña reacciona en el momento preciso. Con una velocidad sobrenatural, desencaja su pequeña mandíbula como una boa constrictor, abriendo una fauce imposible que engulle de un solo bocado el cuerpo redondo y crujiente de la asquerosa bestia. Los huesos rotos del engendro crujen dentro de ella mientras sus garras se agitan inútilmente en el aire antes de desaparecer por su garganta.
No os lo había dicho, pero mi hija adoptiva no puede alimentarse de otra cosa. Es la perfecta cazadora para controlar la plaga de brujos que infesta este lugar. Yo solo me encargo de atraerlos y procurarle el alimento adecuado.
Un micro-relato de Olivier Rodriguez J.
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Las Ruinas Vivas.

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